LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE ESTADO, RÉGIMEN Y GOBIERNO


Desfile militar en Rusia, mayo de 2019
Desfile militar en Rusia, mayo de 2019


Por Nahuel Moreno*

La definición precisa del estado, los regímenes políticos y los gobiernos es de importancia decisiva para el partido marxista revolucionario, porque ése es el terreno de la acción política. El partido quiere lograr una sociedad mundial sin clases ni explotación, para que la humanidad progrese, haya abundancia para todos, no haya guerras y se conquiste una plena libertad. 

Para conseguirlo, lucha por expropiar al imperialismo y a los grandes explotadores, terminar con las fronteras nacionales y conquistar una economía mundial planificada al servicio de las necesidades y el desarrollo de la especie humana. Pero el partido no actúa directamente sobre las fuerzas productivas: no desarrolla nuevas herramientas, técnicas ni ramas de la producción. Tampoco puede actuar directamente sobre la estructura social: no expropia por su cuenta a la clase capitalista. 

El partido actúa en la política, en la superestructura. Lucha para llegar al gobierno y desde allí destruir el estado capitalista. Es decir, quiere destruir las instituciones del gobierno burgués. Quiere que la clase obrera asuma el poder político e implante sus instituciones democráticas. Quiere construir en cada país donde triunfa la revolución un estado obrero fuerte, que ayude a que la revolución triunfe en los demás países. Desde el gobierno de ese estado obrero quiere planificar la economía, federándose con los otros estados obreros, para hacer avanzar las fuerzas productivas. 

Desde ese estado obrero quiere revolucionar el sistema social, eliminando la propiedad burguesa de los medios de producción a nivel nacional, y ponerlo al servicio de esa tarea a nivel mundial. Y sólo después de haber liquidado la resistencia de la clase capitalista en el mundo, esos estados obreros o federaciones de estados obreros comenzarán a desaparecer y, con ellos, también desaparecerán el estado y el partido. Hasta entonces, los problemas del estado, los regímenes y los gobiernos son cuestiones esenciales de la política del partido marxista revolucionario internacional y nacional, porque es en ese terreno donde se concentra el accionar político del partido revolucionario, y el de sus enemigos: los partidos burgueses, pequeñoburgueses y burocráticos.

El nacimiento del estado

Hasta la revolución rusa, el estado ha sido el instrumento de la dominación política de los explotadores sobre los explotados. No es, como nos enseñan en la escuela, neutral, imparcial, protector de toda la sociedad. El estado defiende a la clase o al sector que explota al resto de la sociedad. Por eso, el elemento mas importante, el fundamental, de cualquier estado son las fuerzas armadas. Sin ellas, ninguna clase explotadora, que siempre es minoría, podría imponer su voluntad a las clases o castas explotadas, que siempre son mayoría.

Cuando la sociedad no estaba dividida en explotadores y explotados, no había estado. En el salvajismo y el barbarismo había división de tareas para las funciones o necesidades no directamente productivas. Los brujos administraban las creencias. Los jefes o caciques dirigían las guerras. Había también organizaciones específicas, por ejemplo las de los jóvenes o de los adolescentes. En el salvajismo, estas funciones y esta división de tareas eran más fluidos, mientras que en el barbarismo, al superarse la etapa nómade y asentarse en los pueblos, se hicieron más sólidas y permanentes. Pero en ningún caso configuraron instituciones de un estado. No era una división del trabajo dentro de la tribu que trajera privilegios económicos, ni era permanente. No se daba el hecho de que unos se dedicaran exclusivamente y para siempre a trabajar y otros a conducir. Todos trabajaban y todos podían dirigir. Era una división natural del trabajo, determinada por la capacidad individual. El mejor guerrero era el jefe, pero no dejaba por ello de trabajar. Y a ese jefe lo designaba la asamblea de la tribu, que a la vez podía reemplazarlo en cualquier momento. El jefe no tenía el monopolio de las armas; a las asambleas llevaban sus lanzas todos los hombres de la tribu.

Es que en esta sociedad no había explotación, es decir, la tribu no se dividía en una parte mayoritaria que trabajaba y otra -minoritaria- que no lo hacía y a pesar de ello se llevaba lo mejor. Sí había opresión. Los adultos oprimían a los jóvenes y a los niños, que eran los que más trabajaban. Pero éstos, al crecer, trabajaban mucho menos y oprimían a los nuevos jóvenes y niños. Es opresión y no explotación precisamente por eso: cuando crecen se liberan. También, en mucho casos, el hombre oprimía a la mujer y se daba una división natural del trabajo: la mujer criaba los chicos y el hombre guerreaba y cazaba. Por eso las mujeres nunca tenían armas. Pero no había castas, ni mucho menos clases. Es decir, no había un sector de tribu que no trabajara y un sector que sí lo hiciera. Por eso mismo, no existía el estado.

El estado apareció hace seis u ocho mil años, en la sociedad asiática. En cualquier sociedad cuyo modo de producción fundamental sea el riego, aparecen los administradores del agua y sus acólitos armados. Si es muy pequeña, será un administrador secundado por dos guerreros. Si es muy grande, veremos los enormes aparatos de miles y miles de funcionarios o burócratas especializados. Pero en cualquier caso, presentan un rasgo definitorio: las armas no están más en manos de toda la sociedad, sino del estado. Y las decisiones no las toma ninguna asamblea de la población, sino el estado.

Esta es, pues, ante todo, la organización que se da una casta que surge por primera vez en el régimen asiático, especializada en la administración, es control y la conducción de la vida social: la burocracia. Surgen grupos de hombres que monopolizan las tareas que antes hacía la tribu democráticamente. En la tribu se administraba justicia, se enseñaba y se guerreaba entre todos. Las armas eran de todos. A partir del surgimiento del estado y de la sociedad asiática, las castas hacen estas tareas. Esas castas organizadas serán las burocracias con sus organizaciones, las instituciones.

En líneas generales, esas instituciones y burocracias han seguido siendo casi las mismas a través de la historia. La burocracia que controla y administra la fe del pueblo son los curas, organizados en la Iglesia. La que administra la enseñanza son los maestros y profesores; sus instituciones son las escuelas, los colegios y las universidades. Los burócratas que defienden al estado de los ataques exteriores son los militares, organizados en los ejércitos. Los que administran la represión interna son los agentes y oficiales, cuya institución es la policía. Los que administran justicia son los jueces y sus empleados. Finalmente, están los que administran el propio estado, cobrando los impuestos y haciendo todas las tareas necesarias para que funcione el aparato gubernamental.

En la sociedad esclavista, al aparecer las clases sociales, el estado toma su carácter actual, el definido por Marx: el de instrumento para que la clase explotadora imponga su dictadura a las clases explotadas. Sigue siendo un aparato conformado por instituciones que organizan a diferentes burocracias según la función que cumplen. Pero ya se trata de un estado clasista, la herramienta de una clase social para conservar fas relaciones de propiedad y de producción, es decir la estructura de clases dada.

Los distintos estados

No se puede definir el estado por el desarrollo de las fuerzas productivas. Sí hablamos de éstas, podemos referirnos al "mundo mediterráneo" (esclavismo), a la "economía de autoconsumo" (feudalismo), al "maquinismo y la gran industria" (capitalismo). Pero esos términos no nos sirven para definir el estado.

Tampoco se lo puede definir por las relaciones de producción existentes o predominantes, aunque las expresa mucho mas directamente que al desarrollo de las fuerzas productivas. El capitalismo es la forma de producción dominante desde hace 400 años, pero durante siglos los estados siguieron siendo feudales, con más o menos adaptaciones, porque el poder estaba en manos de la nobleza, que defendía sus propiedades y privilegios amenazados por la burguesía.

El estado se define, entonces, por la casta o la clase que lo utiliza para explotar y oprimir a las demás clases y sectores. Hasta el presente se han dado cinco tipos de estado:

1) El estado asiático, que defendía a la casta burocrática, con sus faraones, y oprimía a los agricultores.

2) El estado esclavista, que defendía a los dueños de los esclavos y oprimía a los esclavos.

3) El estado feudal, que defendía a los señores feudales y las propiedades de la Iglesia, y oprimía a los siervos.

4) El estado burgués, que defiende a los capitalistas y oprime a los obreros.

5) El estado obrero, no capitalista o transicional.

El estado obrero o transicional

Este último estado, que nace a partir de la Revolución Rusa de octubre de 1917, es el primer estado que no sirve a la clase explotadora dominante en el mundo actual, la burguesía. Es provisorio, transicional; o avanza hacia el socialismo mundial, lográndose que desaparezca el estado, o se retrocede nuevamente al capitalismo.

El estado obrero va a existir mientras siga habiendo burguesía en alguna parte del planeta. Pero una vez que triunfe el socialismo en el mundo, que vayan desapareciendo las clases sociales y, con ellas, la explotación, no van a hacer falta fuerzas armadas, policía, jueces, ni gobierno. Es decir, no va a hacer falta que sobreviva el estado, porque será el pueblo en su conjunto el que cumplirá todas las tareas de administración, control y conducción de la sociedad, como durante millones de años lo hicieron las tribus primitivas.

Los diferentes tipos de estado

En una misma sociedad, hay sectores de las clases o castas dominantes que monopolizan el estado durante una época, y luego son desplazados por otros sectores. El ejemplo más significativo de este fenómeno es la dominación actual de los grandes monopolios capitalistas, que desplazaron a la burguesía no monopolista del siglo pasado. Tanto el estado del siglo XIX como el del siglo XX son estados capitalistas, pero al mismo tiempo expresan a diferentes sectores de la burguesía.

Es decir, clasificamos a los tipos de estado por los sectores de clase que dominan en determinada época. Esta clasificación tiene que ver con sectores sociales, no con las instituciones que gobiernan. Por ejemplo, en una monarquía burguesa puede dominar el estado, durante una etapa, la burguesía comercial e industrial de libre competencia, y en otra etapa la burguesía monopolista, o se pueden dar diferentes combinaciones.

Desgraciadamente, lo mismo ha empezado a ocurrir con los estados obreros: surgen distintos tipos, según los sectores que los controlan. Si es la mayoría de la clase obrera a través de sus organizaciones democráticas, se trata de un estado obrero. Pero si lo controla la burocracia, que impone un estado totalitario, es un estado obrero burocratizado.

Los regímenes políticos

La definición del carácter del estado sólo nos sirve para empezar a estudiar el fenómeno. Sólo responde a la pregunta: ¿Qué clase o sectores de clase tiene el poder político? El régimen político es otra categoría que responde a otra pregunta: ¿A través de qué instituciones gobierna esa clase en determinado período o etapa?

Esto es así porque el estado es un complejo de instituciones, pero la clase en el poder no las utiliza siempre de la misma forma para gobernar. El régimen político es la diferente combinación o articulación de las instituciones estatales que utiliza la clase dominante (o un sector de ella) para gobernar. Concretamente, para definir un régimen político debemos contestar las preguntas: ¿Cuál es la institución fundamental de gobierno? ¿Cómo se articulan en ella las otras instituciones estatales?

Los cinco tipos de estado que hemos enumerado han pasado, a su vez. por diferentes regímenes políticos.

El estado esclavista, en Roma, cambia tres veces su funcionamiento. Primero es una monarquía, con sus reyes. Después una república, y finalmente un imperio. Pero siempre sigue siendo un estado esclavista. El rey y el emperador defienden la estructura social, que los dueños de los esclavos sigan siendo dueños de esclavos. La república también, aunque no hay autoridad unipersonal, ese rol lo cumple el Senado, ya que en él votan solamente los dueños de esclavos, jamás los esclavos.

El estado burgués ha dado origen a muchos regímenes políticos; monarquía absoluta, monarquía parlamentaria, repúblicas federativas y unitarias, repúblicas con una sola cámara o con dos (una de diputados y una muy reaccionaria, de senadores), dictaduras bonapartistas, dictaduras fascistas, etc. En algunos casos son regímenes con amplia democracia burguesa, que hasta permiten que los obreros tengan sus partidos legales y con representación parlamentaria. En otros casos son lo opuesto; no hay ninguna clase de libertades, ni siquiera para los partidos burgueses. Pero a través de todos estos regímenes, el estado sigue siendo burgués, porque sigue en el poder la burguesía, que utiliza el estado para seguir explotando a los obreros.


Los gobiernos


Adolf Hitler (Alemania), Benito Mussolini (Italia), Augusto Pinochet (Chile) y Jorge Rafael Videla (Argentina)
Adolf Hitler (Alemania), Benito Mussolini (Italia), Augusto Pinochet (Chile) y Jorge Rafael Videla (Argentina)

Los gobiernos, en cambio, son los hombres de carne y hueso que, en determinado momento, están a la cabeza del estado y de un régimen político. Esta categoría responde a la pregunta: ¿Quién gobierna?

No es lo mismo que régimen, porque pueden cambiar muchos gobiernos sin que cambie el régimen, si las instituciones siguen siendo las mismas.

En Estados Unidos, por ejemplo, hace dos siglos que hay un régimen democrático burgués, con su presidente y su parlamento elegidos por el voto, y su Poder Judicial. El Partido Republicano y el Demócrata se alternan en el gobierno. En los últimos años han pasado los gobiernos de Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Cárter y Reagan. Podemos denominarlos así porque, en el complejo de instituciones que constituyen la democracia burguesa yanqui, la más fuerte es la presidencial. A través de todos estos gobiernos, el régimen no cambió; siguió siendo una democracia burguesa presidencialista.

No hay que confundir los distintos regímenes con los distintos tipos de estado. El estado se define, como ya hemos visto, por las clases o sectores de clase que lo dominan los regímenes, por las instituciones.

La Alemania nazi y la URSS stalinista tuvieron regímenes muy parecidos: gobierno de un solo partido, sin la más mínima libertad democrática y con una feroz represión. Pero sus tipos de estado son diametralmente opuestos: el nazi es el estado de los monopolios más reaccionarios y guerreristas; la URSS es un estado obrero burocratizado, no capitalista.

Lo mismo ocurre con las monarquías: las hay asiáticas, esclavistas, feudales y capitalistas. Como van las cosas, hay gobiernos familiares también en los estados obreros: los Castro en Cuba, los Mao en China, los Tito en Yugoslavia, los Ceausescu en Rumania, el padre con su hija en Bulgaria. . . ¿Llegaremos a ver reinados obreros?

Esto no niega que a veces haya cierta coincidencia, más o menos generalizada, entre un tipo de estado y el régimen. Todo estado obrero burocratizado tiende a ser totalitario. Los estados de los grandes monopolios tienden también al totalitarismo, que sólo pueden imponer cuando derrotan con métodos de guerra civil a la clase obrera.

El ejemplo argentino

En la Argentina, el Proceso tuvo tres gobiernos. Podríamos llamarlos de Videla, de Viola y de Galtieri, pero sería más correcto decir que fueron los gobiernos de Videla-Massera-Agosti. Viola-Lambruschini-Graffigna y Galtieri-Anaya-Lami Dozo. Porque la institución fundamental del régimen, es decir del Proceso, no era el presidente sino la Junta de comandantes en jefe. Pero siempre fue el mismo régimen, con las mismas instituciones de gobierno (la CAL, el presidente), articuladas alrededor de la institución fundamental, que era la Junta.

En síntesis, el estado es qué gobierna, qué clase social tiene el poder. El régimen es cómo gobierna esa clase en un período dado, a través de qué instituciones, articuladas de qué forma- El gobierno es quién ejerce el poder en un régimen dado; qué personas, grupos de personas, o partidos, son la cabeza, los que toman las decisiones en las instituciones del régimen y del estado.


*Tomado de "Las revoluciones del Siglo XXI"

https://www.marxists.org/espanol/moreno/rsxx/i-v.htm#_Toc531192028



El gobierno del Movimiento de las Fuerzas Armadas

Portugal. El 25 de abril de 1974, el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), dirigido por jóvenes oficiales, derrocó al primer ministro de Portugal (Marcelo Caetano), así como al presidente Americo Tomás, este acontecimiento marcó el fin de una dictadura que duró 48 años, convocando a elecciones y llamando a formar un nuevo gobierno democrático-burgués, agitando en pro de las libertades democráticas.  

Rescatamos algunos textos del marxista argentino*, Nahuel Moreno, para nuestro estudio sobre dos tipos de régimen: bonapartismo y kerenskismo


1. Bonapartismo clásico: una definición poco feliz


Napoleón Bonaparte, retratado como primer cónsul por Anoine-Jean Gros.
Napoleón Bonaparte, retratado como primer cónsul por Anoine-Jean Gros.

"En otras palabras, la clase dominante portuguesa se ve obligada a tener en el poder a una especie de juez-árbitro, colocado aparentemente por encima de las clases y capaz de actuar con energía, tanto para regular las cuestiones internas de la clase capitalista como para frenar y reprimir al movimiento obrero, actuando, en última instancia, como el representante de la clase capitalista en su conjunto. En términos marxistas, este fenómeno suele recibir el nombre de 'bonapartismo, por Napoleón Bonaparte, que cumplió una función similar, aunque con fuerza mucho mayor de la que posee el MFA".

Así define Gus Horowitz, en el artículo anteriormente citado, al actual gobierno portugués: como " bonapartista clásico ". En este párrafo hay novedades teóricas y políticas al por mayor que han logrado sorprendernos y preocuparnos. Pero vayamos por partes. Antes de considerar las novedades, veamos lo que decía Trotsky sobre el bonapartismo clásico:

" Para que un pequeño corso pudiera levantarse por encima de la joven nación burguesa, era preciso que la revolución hubiera cumplido previamente su misión fundamental: que se diera la tierra a los campesinos y que se formara un ejército victorioso sobre la nueva base social. En el siglo XVIII la revolución no podía ir más allá: lo único que podía hacer era retroceder. En este retroceso se venían abajo, sin embargo, sus conquistas fundamentales. Pero había que conservarlas a toda costa. El antagonismo cada día más hondo, pero sin madurar todavía, entre la burguesía y el proletariado mantenía en extrema tensión a un país sacudido hasta los cimientos. En estas condiciones precisábase un "juez nacional". Napoleón dio al gran burgués la posibilidad de reunir pingües beneficios, garantizó a los campesinos sus parcelas, dio la posibilidad a los hijos de los campesinos y a los desheredados, del pillaje en la guerra. El juez tenía el sable en la mano y desempeñaba personalmente la misión de alguacil. El bonapartismo del primer Bonaparte estaba sólidamente fundamentado ". ("Historia de la Revolución Rusa", ídem, T. 11, pág. 175.)

No hay más que leer las dos citas para ver que hay una gran diferencia entre ambas. Para Horowitz, Napoleón Bonaparte " cumplió una función ", la de " contener y reprimir al movimiento obrero" ; para Trotsky, la función que cumplió fue la de " conservar a toda costa " las " conquistas fundamentales " de la revolución: " que se diera la tierra a los campesinos y que se formara un ejército victorioso sobre una nueva base social " y, en cumplimiento de esa función, " garantizó a los campesinos sus parcelas " y constituyó su ejercito victorioso sobre la base de los " hijos de los campesinos " y los " desheredados ". En cumplimiento de esa misma función, " contuvo y reprimió " a la reacción feudal de toda Europa, que aspiraba a ahogar a la nación burguesa y restablecer el " antiguo régimen ". .

Agreguemos que la definición que hace Trotsky sobre el régimen de Napoleón nada tiene que ver con la realidad portuguesa de hoy, en la que no hay ejércitos victoriosos (en realidad, hay un ejército derrotado) ni entrega de parcelas a los campesinos, ni nada de nada.

Volvamos a Horowitz. Su definición plantea una cuestión de método realmente alarmante. Como ya vimos, considera que Napoleón "cumplió una función similar" a la del MFA, "aunque en una forma mucho más fuerte que la que puede" este último. Atando cabos, esto significaría que Napoleón Bonaparte cumplió, en una forma mucho más fuerte que el MFA, la función de "reprimir al movimiento obrero" (! ) Pero dejemos esto de lado. Lo cierto es que, para Horowitz, las diferencias entre Napoleón I y el actual régimen portugués son de grado, cuantitativas, no cualitativas. Siguiendo la lógica de su pensamiento, el MFA y su gobierno son Napoleones Bonapartes débiles; Napoleón Bonaparte fue, entonces, un MFA fuerte.

No sabemos en virtud de qué método Horowitz supone que en 1975 puede existir un régimen sustancialmente semejante a otro de principios del siglo XIX. Todas las circunstancias han cambiado: entonces, el capitalismo estaba en pujante ascenso; hoy, en decadencia. Entonces, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía estaba "sin madurar todavía"; hoy, está plenamente desarrollado; etc, etc, etc. Son precisamente estas 'pequeñas' diferencias entre una y otra época las que hacen que Trotsky distinga tajantemente al bonapartismo del período ascendente del capitalismo del de su decadencia.

" Siempre diferenciamos estrictamente entre este bonapartismo de la decadencia y el joven, progresivo bonapartismo que era no sólo el sepulturero de los principios políticos de la revolución burguesa sino también el defensor de sus conquistas sociales." (León Trotsky, "Writings, 1934-35", Pathfinder, New York, 1974, pág. 181.)

" Históricamente, el bonapartismo fue y sigue siendo el gobierno de la burguesía durante períodos de crisis en la sociedad burguesa. Es posible y necesario distinguir entre el bonapartismo 'progresivo' que consolidó las conquistas puramente capitalistas de la revolución burguesa y el bonapartismo de la decadencia de la sociedad capitalista, el convulsivo bonapartismo de nuestra época (von Papen, Schleicher, Dollfuss y el candidato del bonapartismo holandés, Coflin, etc.)". (León Trotsky, "Writings, 1933-34", Pathfinder, New York, 1972, pág. 107.)

El bonapartismo de Napoleón I era progresivo, por que defendía el progreso capitalista contra la reacción feudal. Aún hasta fines del siglo pasado, los bonapartismos conservaron rasgos progresivos (Bismarck logró la unidad nacional de Alemania, Napoleón III dio un gran impulso al desarrollo capitalista en Francia). Pero, en este siglo, en plena decadencia y putrefacción del capitalismo, ningún bonapartismo en un país imperialista puede ser "progresivo"; es, y no puede ser otra cosa, contrarrevolucionario, regresivo, opuesto al progreso histórico.

Ningún régimen, de cualquier tipo que sea, puede ser definido al margen de las condiciones sociales concretas en que nace y se desarrolla. En el caso del bonapartismo, esto quiere decir que, en nuestra época, no puede repetirse un régimen bonapartista fundamentalmente igual a los de la época de ascenso del capitalismo.

Más aun, si Horowitz tuviera razón en su definición, ésta se volvería contra lo que quiere demostrar. En efecto, en tal caso, el gobierno del MFA sería un régimen relativamente "progresivo".

No diremos más sobre esta desafortunada definición de Horowitz.


2. Más confusiones: ¿bonapartismo "sui generis"

Pero resta un aspecto más sobre la cuestión del bonapartismo. Trotsky analizó un tipo de bonapartismo propio de los países semicoloniales o neocoloniales. La debilidad de la burguesía nacional en estos países, donde el principal explotador es el imperialismo, da lugar a gobiernos que juegan como árbitros entre el movimiento obrero y de masas y el imperialismo dominante. En la medida en que la burguesía nacional es incapaz de imponer directamente su gobierno, se impone la aparición de un árbitro entre las dos fuerzas más poderosas de la escena nacional.

Estos gobiernos pueden obrar como agentes del imperialismo, en cuyo caso tienen un carácter acentuadamente reaccionario, o apoyarse en las masas obreras y campesinas para resistir la presión de la metrópoli. En este último caso, tienen un carácter relativamente progresivo que, salvadas las distancias históricas, repite algunos de los rasgos positivos del bonapartismo del siglo pasado. 

Ese carácter relativamente progresivo tiene su contrapartida en el papel que estos bonapartismos "sui generis" cumplen, impidiendo que la clase obrera avance por una vía independiente hacia su revolución y manteniendo la resistencia al imperialismo dentro de los límites de la propiedad burguesa. Cárdenas, Nasser y Perón son algunos ejemplos de este bonapartismo "sui generis": gobiernos burgueses hasta la médula, que defienden a sus países del imperialismo apoyándose en las masas explotadas.

Algunos ideólogos del MFA se proclaman "tercermundistas" y comparan su movimiento con los de los pueblos coloniales y semicoloniales, intentando así aprovechar a su favor el prestigio y atractivo que los movimientos de liberación nacional tienen ante los ojos de la izquierda europea, especialmente de sus camadas más jóvenes.

Lamentablemente, se les ha hecho eco desde nuestro movimiento. En base a una terminología y comparaciones puramente formales, se presenta al MFA como cercano a los regímenes militares del "tercer mundo". Livio Maitan nos dice, en el artículo "El papel del MFA de Portugal" (en esta edición de Revista de América) que:

"El fenómeno que presenciamos hoy en Portugal muestra claras analogías con fenómenos que han ocurrido en países neocoloniales, o países económica y socialmente subdesarrollados."

¿Cuáles son esas " claras analogías "? He aquí lo que sostiene Maitan:

"En situaciones en que la burguesía se encuentra imposibilitada de ejercer su hegemonía política por la vía normal --el mecanismo democrático burgués parlamentario o presidencial, la dictadura formal o de hecho de un partido político propio, etcétera-- en un período de crisis política profunda, el aparato militar puede surgir como única fuerza capaz de asegurar el funcionamiento del Estado. Para precisar más, el ejército puede asumir la función de partido dirigente, con la capacidad de preservar el funcionamiento del mecanismo esencial del sistema. Este no tiene necesariamente que tomar la forma de una dictadura militar reaccionaria, sino que puede darse bajo la tendencia militar reformista o populista (obviamente, la dictadura militar brasileña se encuentra en la primera categoría y el régimen peruano en la segunda, para no citar sino a dos de las instancias más destacadas de América Latina.) "

Confesamos que el procedimiento del autor nos deja atónitos. Deja de lado que no se puede entender ningún tipo de gobierno al margen de las características profundas, estructurales, de clase, del país y de la situación en que se dan. Portugal es un país imperialista; Perú y Brasil, países semicoloniales explotados por el imperialismo. Esta es una diferencia tajante y decisiva. Todos los tipos de gobierno burgués que pueda haber en Portugal son, antes que nada, gobiernos imperialistas. Todos los gobiernos, de cualquier tipo, en Perú y Brasil, deben reflejar de alguna manera la gran contradicción que opone al país en su conjunto con la dominación imperialista. El régimen brasileño ha sido un agente directo del imperialismo y enemigo de su propio país. El peruano esboza una tímida defensa del país ante el imperialismo.

En Portugal no pueden darse gobiernos como éstos, porque el principal explotador es el capitalismo portugués. Naturalmente, la ideología "tercermundista" de sectores del MFA contiene un elemento de verdad. El capitalismo portugués es débil y atrasado, lo que le hace temer la colonización por parte de sus competidores más poderosos. El fortalecimiento del estado apunta en esa dirección: contar con un instrumento fuerte para mejor negociar con los otros imperialismos y con la clase obrera y el movimiento colonial.

Con ser de lejos la más importante, ésta no es la única diferencia entre Portugal, por un lado, y Brasil y, Perú, por el otro. Portugal vive el desarrollo de una revolución obrera y la crisis del régimen capitalista. En Perú no ha existido en los últimos diez años una situación, no digamos ya revolucionaria, ni siquiera prerrevolucionaria. El régimen brasileño es producto de una etapa contrarrevolucionaria.

Mientras Portugal está sacudido por una inestabilidad que llega al paroxismo, los dos países latinoamericanos citados llevan años de estabilidad burguesa (once, en el caso de Brasil; siete, en el Perú).

Nuevamente, encontramos que la única similitud entre los tres casos es que gobiernan los militares. Pero, aun considerando la cuestión desde este punto de vista formal, la analogía, de Maitan es errónea. Veamos lo que dice nuestro comentarista:

"El único aparato sólido, la única fuerza relativamente coherente, resultan ser las fuerzas armadas, que, por lo mismo, emergen como la fuerza políticamente dominante. El MFA surgió y se fue formando en este contexto, apareció como la verdadera fuerza política del país." (ídem.)

Ahora, veamos la realidad. Entre el ejército portugués, por un lado, y el peruano o brasileño, por el otro, lo único que hay en común es que en ambos casos son ejércitos y, por lo tanto, la última y decisiva garantía del régimen burgués. Los ejércitos de Perú y Brasil son ejércitos normales en situaciones burguesas normales; están cohesionados y en su seno rige la disciplina jerárquica. El ejército portugués está totalmente anarquizado, porque está sumergido en el proceso de una revolución. Todas sus jerarquías están trastocadas. Es un aparato muy poco "sólido", escindido, en cuyo seno hay un grupo -minoritario entre la oficialidad- que trata, con su estilo y en las condiciones que le impone la realidad, de salvar el orden burgués e imperialista, aun chocando con los "mandos naturales".

Eso es el MFA en el gobierno. Está allí, no porque sea militar, sino porque goza de la confianza del movimiento de masas; no porque forme parte del "sólido" aparato del ejército, sino porque ese aparato atraviesa una crisis tan profunda que lo hace incapaz de gobernar sin apoyarse en los capitanes.

El camarada Maitan en el mismo artículo hace otra comparación tan desafortunada como la que acabamos de considerar. Según dice, la situación portuguesa se caracteriza "precisamente por una creciente insuficiencia del aparato político tradicional y la inexistencia de un partido burgués con una base de masas lo suficientemente amplia como para ejercer su hegemonía, digamos, a la manera de la Democracia Cristiana italiana o el Partido Conservador inglés ".

Livio Maitan no ha reflexionado que, en períodos revolucionarios, los partidos burgueses nunca tienen suficiente apoyo de masas como para ejercer la hegemonía, precisamente porque se trata de períodos revolucionarios, en los que las masas no confían en la burguesía y lucha contra ella. Justamente, uno de los síntomas del avance de la crisis revolucionaria en Italia va siendo la imposibilidad de que la democracia cristiana siga ejerciendo la hegemonía. Otro tanto ocurrirá con el conservadorismo inglés apenas el proletariado británico supere los estallidos episódicos --de los cuales la huelga minera de 1974 fue un ejemplo descollante--para lanzarse a luchas más duraderas y generalizadas. Ambos partidos han podido gobernar en épocas normales, sin luchas obreras y populares generalizadas, pero no lo podrán hacer en una etapa revolucionaria. Por eso, lo que define la situación en Portugal no es meramente, como afirma nuestro comentarista, "una profunda crisis política", sino una violenta crisis social y económica.

Quizás el camarada Maitán nos conteste que nunca pretendió asimilar el gobierno portugués a los regímenes militares "tercermundistas" y que se limitó a resaltar algunas similitudes formales. Si así lo hiciera, la explicación sería endeble. Para los marxistas, las formas de gobierno expresan siempre una determinada relación entre las clases. Una comparación entre puras formas, haciendo abstracción de sus contenidos de clase, no tiene ninguna validez ni utilidad. Aceptamos las analogías cuando permiten precisar la definición de clase de un fenómeno; si no sirven para eso, son un ejercicio periodístico y entrañan el peligro, como mínimo, de confusión.

3. ¿Gobierno de las fuerzas armadas o de frente popular?


Los pensadores y políticos liberales han acuñado una clasificación superficial de los gobiernos burgueses: civiles y militares. Los marxistas, en cambio, definirnos a los gobiernos, no por la "ropa" que usan sus funcionarios, sino por el rol que cumplen en las relaciones entre las clases. El arzobispo Makarios, aunque viste sotana, no encabezaba un gobierno eclesiástico medieval, sino uno producto de la actual época imperialista y de la lucha por la independencia de una colonia británica. Sin embargo, los uniformes de los gobernantes portugueses están dificultando a muchos compañeros percibir, detrás de ellos, las verdaderas relaciones que se han establecido entre las clases y que han originado el actual gobierno del MFA.

No está de más recordar que, en su momento, una dificultad similar provocó definiciones muy curiosas del régimen militar peruano y de sus efímeros imitadores bolivianos (Ovando y Torres): se les aplicó el rótulo de "reformismo militar", sin tomar en cuenta las relaciones entre las clases. De esta forma, se cayó en una vulgar descripción periodística, que definía el fenómeno por sus aspectos exteriores: los uniformes que vestían los gobernantes y las "reformas" (verdaderas o falsas, importantes o trascendentes, poco importaba) que realizaban.

Lo curioso es que de tanto mirar los uniformes de los gobernantes lusitanos se les ha pasado por alto un hecho verdaderamente crucial: es el primer gobierno burgués de Europa Occidental en los últimos 27 años en que interviene el Partido Comunista. Y no lo hace solo, sino también con el Partido Socialista.

Esta participación de los partidos obreros (Socialista y Comunista), y especialmente del stalinismo, en el gobierno portugués, es el rasgo decisivo del régimen del MFA. Mucho más importante que las charreteras del general Costa Gomes.

La intervención en el gobierno de los dos grandes partidos obreros es consecuencia del ascenso revolucionario, que ha obligado a la burguesía portuguesa a aceptar un gobierno compartido con esas organizaciones como única forma de paralizar y derrotar a los trabajadores. Se constituye así un gobierno de colaboración de clases, al servicio del mantenimiento del régimen burgués en un momento muy difícil para éste. Muy difícil, entre otras cosas, porque la crisis de sus fuerzas armadas las inhabilita para mantenerlo por medio de la fuerza. La colaboración se impone desde el momento en que, si le faltase el apoyo o el apaciguamiento de los trabajadores, el gobierno burgués no podría durar ni un minuto en el poder; tal es la magnitud del ascenso revolucionario.

Si exceptuamos los uniformes, el actual gobierno portugués es un típico gobierno de frente popular, de bloque gubernamental burgués-partidos obreros. El gobierno de Torres en Bolivia fue militar y frente-populista, de colaboración y participación de las direcciones reconocidas del movimiento obrero. El de Kerensky y el del Kuomintang también fueron gobiernos de colaboración de clases, frentepopulistas, aunque tampoco fueron parlamentarios.

En este aspecto, pues, no puede caber ninguna duda: el gobierno de Costa Gomes, las fuerzas armadas y los partidos reformistas es un típico gobierno de colaboración de clases en un período revolucionario. Si alguna novedad presenta es que se trata de un gobierno doblemente frentepopulista ya que, al tener que vérselas no solamente con el ascenso revolucionario del movimiento obrero, sino también con la movilización revolucionaria de las masas coloniales, colabora o concilia además con dichas masas coloniales para salvar al imperio. La confluencia de las revoluciones colonial y obrera ha originado un gobierno colaboracionista por partida doble, un frente popular al cuadrado. Esto sí es verdaderamente novedoso en cuanto a las relaciones entre las clases y movimientos revolucionarios con sus explotadores; aunque tiene el antecedente de la demagogia kerenskista frente a las nacionalidades oprimidas por el imperialismo gran-ruso.

La forma, técnica y mecanismos a través de los cuales se lleva a cabo esta colaboración entre los representantes de la burguesía imperialista y las direcciones pequeño burguesas del movimiento obrero y colonial tienen su importancia. Pero no son determinantes; no modifican esta definición del actual régimen portugués.

Para que los representantes de la burguesía y los de la clase obrera colaboren, es necesario un gozne, un intermediario. En el caso portugués, ese intermediario es el MFA.


Un gobierno kerenskista clásico


1. Los distintos tipos de gobiernos imperialistas



Aceptemos o no las definiciones precedentes de Horowitz y Maitan, sobre el gobierno del MFA, debemos destacar la importancia del intento. Los autores que hemos citado han puesto el dedo en la llaga: definir la etapa de la lucha de clases y su probable dinámica es requisito previo para formular una política revolucionaria correcta, pero no basta. Hay que precisar el carácter del régimen y gobierno al que enfrentan las masas.

La política revolucionaria no será la misma frente a distintos tipos de gobiernos. Hay una política para una situación prerrevolucionaria con un régimen y gobierno democrático-burgués, parlamentario, como en los casos de Francia, Bélgica y España en la década de 1930. Hay otra política para una situación prerrevolucionaria (o muy próxima a serlo) con un gobierno bonapartista post fascista, como en la España actual. 

Durante la situación revolucionaria que se abrió en 1905, los bolcheviques tuvieron consignas (¡Abajo el Zar! , ¡República! ) que eran consecuencia del régimen semifeudal que debían enfrentar. En una situación semejante, en la Alemania de 1919, esas consignas no tuvieron razón de ser, pues los comunistas debían hacer frente a una república y no a un monarca semifeudal.

Para dar respuesta a esta necesidad, los camaradas de los países metropolitanos tropiezan con un obstáculo: la inercia teórica provocada por la realidad. Durante los últimos treinta años, Europa Occidental ha vivido bajo un mismo régimen democrático-burgués (ese lapso se amplía a doscientos para el caso de EE.UU.). 

La realidad europea no ha puesto a nuestro movimiento frente a otros tipos de gobiernos burgueses, con excepción de Portugal y España (que fácilmente podían ser considerados como "fósiles" heredados de un período anterior), y, por algunos años, Grecia. Digamos, de paso, que se trata de países "periféricos" en el elenco europeo. Esta larga etapa de monotonía política desacostumbró a los reflejos teóricos de nuestro movimiento para reaccionar ante fenómenos nuevos, como el actual régimen portugués.

Nuevo en relación con el último período vivido por Europa Occidental, pero no para el marxismo revolucionario, que ya tuvo ocasión de observar regímenes parecidos durante las casi tres décadas que corrieron entre 1917 y 1945. Entonces, proliferaron en Europa Occidental regímenes y gobiernos que no eran democrático-burgueses. Por eso, basta con recurrir al arsenal teórico legado por nuestros maestros para encontrar definiciones fundamentales en el intento de caracterizar al gobierno del MFA y a los futuros regímenes que irán apareciendo en el continente europeo a medida que la revolución siga avanzando.

A partir de la crisis crónica del imperialismo (que no encuentra su solución revolucionaria por la traición de la socialdemocracia y del stalinismo), Trotsky estudió y definió cuatro tipos de gobiernos y regímenes imperialistas: fascistas, bonapartistas, democrático-burgueses y kerenskistas. 

Para los países dominados por el imperialismo, precisó un tipo particular de bonapartismo: el bonapartismo "sui generis", como ya hemos visto. Y, en su momento, adelantó la definición de bonapartista para el gobierno de Stalin, aunque con una base social esencialmente distinta: era un órgano del estado obrero.


2. Democracia burguesa y fascismo


A fines del siglo pasado, Engels señaló la tendencia de los regímenes burgueses hacia el bonapartismo, a dejar el gobierno en manos de la burocracia y el aparato militar. Es cierto que esta tendencia fue y sigue siendo una constante. Sin embargo, hasta la Primera Guerra Mundial, en los países imperialistas floreció y se expandió el régimen democrático-burgués.

En el típico régimen democrático, los problemas de la burguesía se arreglan en el juego electoral entre los distintos sectores de ésta que buscan apoyo en las clases media y obrera. Más allá de su carácter electoral, el sostén de clase de estos regímenes democrático-burgueses es el acuerdo con la clase media sobre el mantenimiento de un mecanismo electoral-democrático.

El colosal desarrollo del capitalismo y del imperialismo en el siglo pasado y los primeros años del actual fue la condición necesaria del florecimiento de regímenes democrático-burgueses en los países imperialistas, al hacer posible un cierto mejoramiento en la situación de los trabajadores. Así se aseguraba que el otorgamiento del derecho a votar al pueblo no se volviera contra la burguesía, pues los trabajadores votarían por los partidos burgueses o por los reformistas. En esa época, y como consecuencia de esas condiciones, surgió la ideología reformista que iguala capitalismo y democracia.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en los países imperialistas se vivió un fenómeno similar (y surgió una ideología similar), como consecuencia del espectacular "boom" de la economía capitalista en los últimos veinticinco años.

Pero, en el período entre ambas guerras mundiales, la economía capitalista, lejos de un "boom", atravesó una crisis profunda y prolongada. No hay más que recordar la grave crisis mundial de 1929-32 y la que soportaron durante años enteros Alemania y los países del centro de Europa.

A partir de 1914, el mundo imperialista comenzó a sufrir una crisis económica y social. A medida que la situación del capitalismo se volvía más y más crítica, el régimen democrático-burgués fue quemando sus fusibles electorales. Ya no le era posible asegurar a la clase media y a la aristocracia obrera sus privilegios. Las disputas entre las distintas alas de la burguesía se agudizaron. Las distintas clases no aceptaban ya esperar a las elecciones y reclamaban soluciones perentorias. Si en Rusia la democracia burguesa (tras una corta vida de meses) fue reemplazada por la dictadura del proletariado, en Italia cedió el lugar a un nuevo tipo de gobierno burgués: el fascismo. El régimen democrático "eterno" de un capitalismo "eterno" reveló entonces su verdadero carácter transitorio, de un período en la vida del capitalismo. Quedó al desnudo su verdadero rol de estación de paso hacia una de las dos terminales antagónicas: el fascismo o el comunismo.

Trotsky fue quien hizo el análisis certero del nuevo fenómeno fascista. Enfrentado a la crisis económica y al peligro de la revolución obrera, el capital financiero se vio obligado a movilizar a la pequeña burguesía y a los desclasados para aplastar a la clase obrera y a sus organizaciones con métodos de guerra civil e implantar un estado totalitario que, no sólo suprimió la democracia obrera, sino también todas las libertades democráticas.


3. El bonapartismo imperialista


Pero el fascismo es un último recurso, costoso y lleno de riesgos. No siempre la burguesía se ve obligada a movilizar a la pequeña burguesía. En muchos casos, pudo contar con una carta, menos convulsiva: los partidos obreros reformistas le garantizaron la supervivencia. Eso permitió que la burguesía, en ocasiones, limitara o directamente suprimiera el régimen democrático sin llegar al fascismo (muchas veces, como pasos previos en la marcha hacia este régimen). Ese régimen intermedio, nacido de los avances de la contrarrevolución burguesa y las derrotas de las masas, se apoyaba en la burocracia y fundamentalmente en las fuerzas armadas, lo que le da su carácter bonapartista.

Trotsky ha sido minucioso en el estudio de estos regímenes, típicos de la Europa de las décadas de 1920 y 1930. 

" La decadencia de la sociedad capitalista coloca nuevamente al bonapartismo --junto al fascismo y aparejado con él-- en el orden del día"

 (León Trotsky, "The Struggle Against Fascism in Germany", Pathfinder, New York, 197 1, pág. 3 29.)

Y, señalando el vínculo entre estas distintas formas de régimen burgués, decía que:

"Entre la democracia parlamentaria y el régimen fascista [hay] una serie de formas transicionales (...) Sobre la base de la experiencia alemana, los bolcheviques leninistas registraron por primera vez la forma transicional de gobierno la cual hemos llamado bonapartismo". (Op. cit., p. 438).

Estas formas de gobierno son una consecuencia indirecta de los avances fascistas:

"El determinismo de estas formas transicionales se ha vuelto patente, naturalmente no en un sentido fatalista sino dialéctico, es decir, para los países y períodos en que el fascismo, con creciente éxito, sin encontrar una resistencia victoriosa del proletariado, ataca la posición de la democracia parlamentaria con el fin de estrangular al proletariado". (Op. cit., p. 438).

Y vuelve a insistir Trotsky en que el bonapartismo se asienta en el retroceso de las masas y en los triunfos de la contrarrevolución, no en la proximidad de la revolución.

" Sin está condición básica, esto es, sin que previamente las energías de las masas hayan quedado exhaustas en batallas, el régimen bonapartista no se puede desarrollar". (Op. cit, pág. 278).

Estos regímenes, precisamente por su carácter de estaciones intermedias en el tránsito de la democracia parlamentaria al fascismo, eran menos estables que el bonapartismo postfascista. Este último surge cuando el fascismo en el poder se desprende (a veces, con los mismos métodos de guerra civil que antes empleó contra el proletariado) de su ala pequeño burguesa y pasa a gobernar apoyado en el aparato policiaco-militar.

Trotsky distinguía, pues, tres tipos de regímenes burgueses "normales" en esta época de crisis: democracia parlamentaria, bonapartismo pre y post-fascista y fascismo. Al decir "normales" nos referimos al hecho de que se trata de regímenes donde está garantizada la estabilidad de la burguesía.

4. El kerenskismo




Pero, ¿qué sucedía en los casos inversos, cuando el movimiento obrero y de masas avanzaba hacia la revolución socialista? Trotsky reconocía en estos casos un nuevo tipo de régimen y de gobierno: el kerenskista o de frente popular. Se trata de una forma extremadamente inestable, sumida en una crisis crónica, cuya duración sólo puede ser muy limitada y que constituye el último o penúltimo tipo de gobierno burgués antes de la revolución obrera o de una vuelta atrás hacia el fascismo, bonapartismo o democracia burguesa.

"El régimen existente en España hoy día (decía Trotsky en noviembre de 1931 con relación al gobierno liberal socialista), corresponde mejor a la concepción de una kerenskiada, es decir, el último (o penúltimo) gobierno de "izquierda" que la burguesía sólo puede armar en su lucha contra la revolución." (León Trotsky, The Spanish Revolution, Pathfinder, New York, 1973, pág. 169)

Y ante la crítica que le hace Nin de este concepto:

(" Usted dice que el régimen en España puede ser comparado al "kerenskismo" yo no pienso así. Fue la última carta de la burguesía. Fue el anuncio de Octubre. Azaña anuncia a Lerroux, o sea Miliukov, la gran burguesía" (Op. cit., pág. 380), Trotsky le responde criticando la concepción mecánica de Nin, que creía que el kerenskismo llevaba inevitablemente a la revolución obrera, señalando que, por el contrario, había grandes posibilidades de que retrocediera a regímenes burgueses más reaccionarios.

He aquí la cita: 

" todo depende de la manera de ver al "kerenskismo": como el último gobierno burgués después del cual la burguesía debe perecer, o como el último gobierno de izquierda, lo más a la izquierda que pueda avanzar la burguesía en la lucha por su régimen, y que debe permitirle a la burguesía salvarse (y no morir) o ceder su lugar a un gobierno fascista" . (Op. cit., pág. 397).

En un régimen kerenskista, la contrarrevolución burguesa, incapaz de aplastar a la revolución obrera pero todavía capaz de impedir su triunfo, se ve obligada a conciliar con el movimiento obrero para frenar su avance. Insistamos en un ejemplo: si consideramos a la democracia burguesa como la estación central de una línea ferroviaria, a medida que avanzamos hacia la derecha vamos pasando por las estaciones del bonapartismo; la terminal es el fascismo. Pero, si tomamos el rumbo opuesto, pasaremos por la estación del kerenskismo y, atravesando la frontera de clase, llegaremos a otra terminal: la del estado obrero.

El kerenskismo es una combinación de revolución obrera y contrarrevolución burguesa. Pero una combinación en la que el elemento dinámico y decisivo sigue siendo la revolución obrera en ascenso. Exactamente lo contrario a un régimen bonapartista, en el que el factor dinámico es la contrarrevolución burguesa y el movimiento obrero se encuentra a la defensiva.

Estamos sorprendidos por la resistencia de la mayoría de los marxistas contemporáneos a aceptar esta definición, que nosotros hemos aplicado recientemente a los gobiernos de Torres en Bolivia y Allende en Chile. Resistencia que es tanto más grave cuanto que la crisis actual del capitalismo hace inevitable el surgimiento de gobiernos de este tipo. Sobre todo, nos llama la atención que los camaradas de "The Militant", que comparan con gran acierto las revoluciones rusa y portuguesa, no perciban la similitud entre los gobiernos producidos por ambos procesos.

Es posible que la confusión se origine en el hecho cierto de que los gobiernos kerenskistas (al igual que los parlamentarios) tienden hacia el bonapartismo. Otro hecho que puede confundir es que tanto el bonapartismo como el kerenskismo son característicos de épocas de crisis del capitalismo, en oposición al gobierno democrático parlamentario.


5. Kerenskismo y bonapartismo


Pero la gran diferencia entre estos dos regímenes estriba en la forma en que la burguesía encara la solución de la crisis. Cuando se apoya directamente en las fuerzas armadas sin recurrir a la conciliación con el movimiento obrero y de masas, cuando intenta superar la crisis con un gobierno de "derecha", de "orden" y de "fuerza", con un "árbitro inapelable", estamos frente a un típico gobierno bonapartista.

Cuando trata de "conciliar", de lograr la "colaboración de la clase obrera a través de sus representantes" para realizar un gobierno de "izquierda" o "socialista" estamos frente a un gobierno de colaboración de clases: kerenskista.

Podríamos resumir diciendo que la diferencia que hay entre un gobierno bonapartista y uno kerenskista es la misma que hay entre un juez o árbitro, que hace ejecutar sus sentencias con el peso de fuerzas armadas disciplinadas, y un conciliador, que no cuenta con fuerzas armadas seguras para imponer sus decisiones o "consejos".

Lógicamente, este conciliador o intermediario entre las clases en lucha tiende con todas sus fuerzas a obtener el poder que le permita dar a sus decisiones el carácter de inapelables y obligatorias. Pero, mientras no lo logre (y, para lograrlo, debe derrotar a la clase obrera) seguirá siendo kerenskista y no bonapartista.

Esta combinación de rasgos de un tipo de régimen en otro no es rara. Por el contrario, es la regla en la realidad, donde los tipos puros son la rara excepción. Así, tenemos bonapartismos y kerenskismos con formas parlamentarias, regímenes democrático-parlamentarios con fuertes tendencias bonapartistas, etc.

En el caso del kerenskismo, su carácter inestable le exige, para restablecer el perdido equilibrio social burgués, tender a convertirse en bonapartismo. Trotsky, al historiar la revolución rusa, señala este rasgo en el gobierno de Kerensky. Habla de " elementos de bonapartismo " al definir a Kerensky y Kornilov. Así deben entenderse las referencias que, en medio de la lucha contra Kerensky, Lenin y el propio Trotsky hacen al carácter "bonapartista" de aquél. Especialmente, en la "Historia de la Revolución Rusa", pero también en otros trabajos suyos, Trotsky lo pone en claro:

"La desdicha de los candidatos rusos al papel de Bonaparte no consistía ni mucho menos en que aquellos no se parecieran, no ya al primer Napoleón, sino ni siquiera a Bismarck: la Historia sabe servirse de los sucedáneos. Pero tenían contra ellos una gran revolución que aun no había cumplido sus fines ni agotado sus fuerzas. (...) La revolución estaba llena de vida. No tiene nada de particular que el bonapartismo se manifestara endeble." ("Historia de la Revolución Rusa", ídem, Tomo 1, pág. 176).

Nada mejor que el enemigo de clase para sintetizar la diferencia entre el Kerensky con tendencias bonapartistas y el directamente bonapartista Kornilov. Trotsky cita a uno de los grandes industriales rusos quejándose del gobierno kerenskista:

" Se llamaba a Petrogrado a los representantes de los obreros, y en el Palacio de Mármol se hacían esfuerzos para persuadirles, se los insultaba, se los reconciliaba con los industriales, con los ingenieros" . (Op. cit., Tomo 11, pág. 299 ).

Este gran capitalista estaba ansioso de que el gobierno "conciliador" fuera reemplazado por otro (bonapartista) que, como árbitro supremo, ordenara e hiciera cumplir sus órdenes a los rebeldes obreros rusos.

Según relata Trotsky, de acuerdo con los testimonios de Miliukov, el más importante político burgués ruso, " la instalación de un hombre fuerte. . . [Kornilov] se concebía según otros procedimientos que los de negociadores y acuerdos ". Lo mismo decía otro comentarista para explicar el apoyo a Kornilov del Partido Cadete: " Sobre un régimen democrático, sobre la voluntad popular, sobre la Asamblea Constituyente [....] las esperanzas estaban ya abandonadas: ¿Las elecciones municipales en toda Rusia no habían dado ya una mayoría aplastante de socialistas? . . . Entonces, se dispuso a buscar, en la angustia, un poder que fuera capaz no de persuadir [como el de Kerensky, acotamos nosotros] sino sólo de ordenar." (Op. cit., Tomo II, pág. 161. Subrayado nuestro).

No puede haber ninguna duda: para el trotskismo, un régimen conciliador es distinto de uno arbitral. El primero es kerenskismo; el otro, bonapartismo.


6. Gobierno de "izquierda", de colaboración de clases, de frente popular o kerenskista son lo mismo



En su origen, el kerenskismo tomó su nombre de Alexander Kerensky, quien gobernó a Rusia en los últimos meses del régimen burgués, antes de la Revolución de Octubre.

Más tarde, Trotsky utilizó este término para designar a todos los gobiernos de colaboración de clases en que participaban los partidos reformistas del movimiento obrero. De esta forma, la definición de kerenskismo abarcó no sólo a los gobiernos de izquierda de coalición entre la burguesía y el proletariado en las épocas revolucionarias, sino también a los que se dieron en situaciones prerrevolucionarias, como fue el caso del gobierno del Frente Popular francés en 1936 y los diversos proyectos similares realizados en otros países en la década de 1920.

" En vuestro país [Francia] se está aproximando, evidentemente, un período de kerenskismo el régimen del Bloque Radical-Socialista es la primera repercusión de la época de la guerra". ("Los cinco primeros años de la Internacional Comunista", Ed. Pluma, Buenos, Aires, 1974, pág. 190).

"Pero el candidato más probable en el presente momento es Herriot, que está preparando el terreno y las condiciones para una nueva política, para el kerenskismo francés, porque la asunción del poder por el "Bloque de Izquierda" significa un gobierno de radicales y socialistas, que entrarán indudablemente en el Bloque". ("The First Five Years of the Communist International", Pathfinder, New York, 1972, vol. 2, p. 212 )

" La aparición de la clase trabajadora en el poder volcará sobre el Partido Laborista la entera responsabilidad de los actos del gobierno; y dará nacimiento a una época de kerenskismo inglés en la era del parlamentarismo" (Op. cit., pág. 211).

"Pero hay demasiados síntomas de que la burguesía será llevada a recurrir a una orientación reformista y pacifista antes de que el proletariado se sienta preparado para el asalto decisivo. Esto significaría una época de kerenskismo europeo ." (Op. cit., pág. 262)

" (...) en España el kerenskismo -la coalición de los liberales y los "socialista"- (..)" (León Trotsky, "Writings, 1930-31", Pathfinder, New York, 1973, pág. 355.)


Como vemos, Trotsky incluye dentro de la categoría de kerenskistas a todos los gobiernos de "izquierda" en los que intervienen partidos obreros: desde el proyecto "izquierdista" de Francia en 1922, hasta la coalición liberal socialista de España en 1931, pasando por el probable gobierno laborista en Inglaterra en un período prerrevolucionario. Una orientación demagógico-izquierdista ("pacifista y reformista") de la burguesía europea le hace prever una etapa de kerenskismo a escala continental.

Define así un kerenskismo que podríamos llamar "no clásico", puesto que, a diferencia del régimen de Kerensky, no se da en una etapa revolucionaria y con una situación de poder dual, sino prerrevolucionaria; y no es promovido al poder directamente por el movimiento de masas, sino indirectamente, por la vía electoral y parlamentaria.

Más adelante, después de conocer y estudiar los gobiernos de frente popular de Blum, Largo Caballero y Negrín, Trotsky siguió el camino inverso: extendió la denominación de "frente popular" al gobierno de Kerensky, indicando así que se trataba de sinónimos.

" De febrero a octubre, los mencheviques y los social revolucionarios, que representan un muy buen paralelo con los "comunistas" y los socialdemócratas, estaban en la más estrecha alianza y en una permanente coalición con el partido burgués de los cadetes, junto con los que formaron una serie de gobiernos de coalición. Bajo el signo de este Frente Popular,(..)". (León Trotsky, "The Spanish Revolution", idem, pág. 220)

" Porque se suele olvidar que el más grande ejemplo histórico de Frente Popular es la revolución de febrero de 1917 ". (Op. cit. pág. 2 20).


7. Un gobierno kerenskista clásico



Utilicemos el método de Trotsky para definir al gobierno del MFA, observando sus relaciones con la revolución y la contrarrevolución. ¿Este gobierno es un producto de triunfos o avances contrarrevolucionarios o, por el contrario, de grandes triunfos revolucionarios de las masas? ¿Es una consecuencia de que estas últimas han "quedado exhaustas en batallas" o, por el contrario, que ganaron esas batallas, contra el fascismo primero y después dos veces contra Spínola?

El gobierno del MFA es consecuencia de etapas de transición opuestas a las que originan gobiernos bonapartistas. Es resultado de la caída del régimen bonapartista post fascista y del curso ascendente de la revolución obrera, refleja las etapas transicionales en la marcha de esa revolución y las formas sucesivas en que la burguesía, la moderna clase media y los partidos reformistas que obran como representantes del proletariado se acomodan a esa marcha para frenarla.

El propio Horowitz ayuda a demoler la definición de bonapartista con su descripción de la situación del movimiento de masas. Una y otra vez, señala la existencia de grandes huelgas, manifestaciones, ocupaciones de fábricas, etcétera. En el último intento golpista de la reacción, el 11 de marzo, las masas triunfaron, el golpe fue derrotado y la oligarquía sufrió un duro golpe con la nacionalización de los bancos y compañías de seguros. Desde la caída del régimen fascista, los trabajadores han logrado conquista tras conquista. Lo admite Horowitz en el artículo citado cuando plantea la necesidad de "defenderse de todo intento de quitarles las conquistas logradas.

Todo coincide: la curva de la movilización es ascendente. Muy lejos estamos, pues, de la "condición básica" que Trotsky señala como decisiva para que se desarrolle un régimen bonapartista: que las energías de las masas "hayan quedado exhaustas".

Como queda dicho, no negamos que el MFA tenga rasgos bonapartistas, que tienda al bonapartismo. Pero la tendencia predominante desde la caída del fascismo y el surgimiento del gobierno del MFA ha sido la contraria: cada vez mayor ascenso y conquistas de las masas.

Los rasgos bonapartistas se oponen a esta tendencia; ése es el principal peligro que enfrenta en la actualidad el movimiento de masas portugués. Pero un peligro es exactamente eso: un mal probable; no un mal presente. Ese peligro se hará realidad sólo después de una derrota de las masas, o de un desgaste de sus fuerzas en luchas parciales y desorganizadas, o de batallas necesarias pero no libradas. Nuevamente vemos que Horowitz vacía una fórmula política de su contenido de clase y atribuye un régimen que sólo puede basarse en triunfos de la contrarrevolución a una situación en que el movimiento obrero viene ganando posiciones en relación de fuerzas muy favorable frente a la burguesía.

La definición del gobierno portugués como bonapartista adolece de otro grave defecto. El surgimiento de un régimen bonapartista (o democrático, o fascista, o kerenskista) sólo puede producirse en medio de una conmoción, ya que implica el paso de una etapa de la lucha de clases a otra. Por eso dice Trotsky: " el paso de un sistema a otro significa la crisis política " (Trotsky, "The struggle Against Fascism in Germany", ídem, pág. 440. Subrayado del autor). Por lo tanto, los camaradas que sostienen que el MFA es un gobierno bonapartista deben precisar cuál fue la crisis política que abrió la etapa bonapartista. ¿La caída de Caetano? ¿La caída de Spínola? ¿La derrota del putsch spinolista en marzo? Justamente estas tres crisis políticas constituyeron triunfos de la revolución, no de la reacción. Por otra parte, el régimen de Caetano era bonapartista post fascista y Spínola era un candidato a Bonaparte. ¿El MFA sólo significa un cambio de guardia en un régimen bonapartista que es continuación de los de Caetano y Spínola? En tal caso, los defensores de esta tesis deberían, para ser consecuentes, afirmar que nada ha cambiado políticamente en Portugal desde el 25 de abril de 1974 (salvo, quizás, la "fuerza" del bonapartismo, que ahora sería más débil).

Hay, en cambio, una definición que se ajusta perfectamente a las características del régimen del MFA. Salvo el hecho de que, hasta ahora, no ha producido un Kerensky, el gobierno portugués tiene todos los rasgos del kerenskismo o gobierno de frente popular. Es un típico gobierno de colaboración de clases, débil, inestable, que encubre su carácter burgués tras la fraseología socialista y una profusa demagogia alrededor de medidas (indudablemente progresivas) que se ha visto obligado a tomar: nacionalización de la banca y de empresas monopólicas. Finalmente, se estructura como un gobierno de frente popular, en el que participan un partido burgués, los partidos oportunistas y reformistas del movimiento obrero (el PS y el PC) y una organización político-militar que establece la relación entre aquél y estos últimos.

Por el hecho de no ser el producto de una combinación parlamentaria, sino de una revolución obrera en curso, como por encontrarse en una situación que contiene importantes gérmenes de poder dual, el gobierno kerenskista del MFA es muy semejante al del propio Kerensky.

Esta definición, así como el haber desechado la de bonapartista, no altera la posición de principios qué debemos tener frente a este gobierno los marxistas revolucionarios. No ha dejado de ser un gobierno burgués y, por lo tanto, no se debe depositar en él la menor confianza, no se le debe brindar el menor apoyo político ni se debe entrar en él en ninguna circunstancia. Es nuestro enemigo de clase y nuestro objetivo debe ser derrotarlo mediante la revolución obrera.

Pero tiene una importancia decisiva para determinar la política que los marxistas revolucionarios portugueses deben seguir frente a él. Recordemos el ejemplo de la línea férrea con dos terminales (fascismo y estado obrero): si el gobierno es bonapartista, el país marcha hacía la derecha y, en consecuencia, es urgente poner el freno y dar marcha atrás. Si es kerenskista, urge apretar el acelerador para apurar la marcha hacia la revolución socialista y desprendernos del gobierno contrarrevolucionario (lo que no significa que marchemos en todo momento a la misma velocidad, sino adecuándola a las circunstancias que presente el trayecto).

Otro rasgo del bonapartismo es que, al ser un gobierno reaccionario casi en estado puro, que no se combina ni se apoya en ningún sector popular, se desnuda como el gobierno casi directo del capital financiero. Es decir, en el caso de Portugal, el gobierno de las siete grandes familias. Esto hubiera sido indiscutible en el caso de un triunfo de Spínola. Pero, desde luego, no lo es en el caso del gobierno del MFA, que ha expropiado parcialmente a la oligarquía financiera.

El bonapartismo también es un gobierno de orden, por excelencia. Lo es, precisamente, porque se asienta, no en el parlamento, sino en la burocracia, la policía y el ejército. Pero, para poder asentarse sobre ellos, necesita una policía y un ejército sólidos, disciplinados, dispuestos a ejecutar las órdenes represivas del régimen. En Portugal, se da exactamente lo contrario. La antigua policía política está prácticamente desmantelada. En el ejército reina un estado abiertamente deliberativo. La propia existencia del MFA (una fracción política pública) contribuye objetivamente a dividirlo. En algunas unidades, los soldados deponen a sus jefes y controlan el nombramiento de sus reemplazantes. En otras, se realizan asambleas en las que oficiales, suboficiales y soldados participan en pie de igualdad. Se han dado casos de tropas que se negaron a reprimir manifestaciones.

En semejantes condiciones no hay bonapartismo posible. Y la crisis y desintegración del ejercito crece día a día. La única forme de que se establezca un régimen bonapartista es que previamente se reconstruya la disciplina militar. Ese es el objetivo de las tendencias bonapartistas del MFA; los soldados y le movimiento de masas marchan en sentido contrario. Una vez más: hasta que las tendencias bonapartistas no triunfen sobre el movimiento de masas, no podrá haber bonapartismo en Portugal.

No creemos necesario continuar. La definición del gobierno burgués como bonapartista no soporta el menor análisis. No hay dudas, es un gobierno kerenskista con elementos de doble poder, es decir, clásico.


* Nahuel Moreno: Revolución y contrarrevolución en Portugal

https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/12_nm.htm#_Toc532484069